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“Yo he sido tierra desangrada y tan solo me han restañado mis heridas con el falso bálsamo de un utópico progreso donde la verdadera cultura ha sido nula. Mis hijos tan sólo se han contentado en ver alzarse tormentosos, chupadores de mi savia. Me han llenado de úlceras; pero hoy me he sentido con mi corazón repleto de alegría y esperanza ante la presencia de este evento que me ha traído un mensaje de un porvenir espiritual que redundará en progreso material, también. Así lo dice hoy la ciudad de Cabimas en este día glorioso”. Salvador Valero. Cabimas 1970.

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PUEBLO ellos SON:
NO te dejes engañar, un DISCURSO con otra ACCION = FASCISMO
Por Leandro Morales

Una democracia participativa es el soporte constituyente de una sociedad donde todos tienen los mismos derechos y las mismas libertades políticas. Derechos y libertades para elegir y ser elegido. Mas, para hacer efectiva y real esas libertades y esos derechos, es menester llevar esa democracia al terreno de las decisiones económicas en sus diferentes instancias de relación (producción, consumo, asignación de recursos, organización del espacio y tiempo del trabajo, distribución, salarios, precios, etc.).

Un proceso revolucionario, por más mayoritario y contundente que sean sus éxitos políticos, sin esa segunda fase, la puesta en función de una economía social participativa, de productores y consumidores libres de la estructura de explotación y opresión de la economía capitalista, pero también, libres de la dictadura de una partidocracia y un estado que planifique desde arriba el cómo y el qué y el cuánto se produce, consume y distribuye, acabaría desgastando los entusiasmos y enajenando a su base popular por no satisfacer sus expectativas de prosperidad personal y social.

La gente no pone en peligro sus vidas para defender un sistema político por razones puramente ideológicas. Lo que santifica sus luchas, por más que incidan ideales y principios, es la esperanza primero y la realidad después de una sociedad materialmente y espiritualmente más prospera. Los éxitos políticos son una condición, no un fin en sí mismo. Los derechos y las libertades solo pueden ejercerse como un contra-poder revolucionario si no se confunden los objetivos individuales y sociales con los objetivos del Estado que, por su misma naturaleza parasitaria, tiende, en la persona de sus funcionarios, de su ejercito y su policía, de sus jueces, de sus gobernantes, a convertir, las victorias populares, en instrumento de poder y lucro particular.

¿Pero cómo nos interpela esta alternativa de revolución en el terreno de los hechos? Pese a la corrección política con que los intelectuales de la izquierda norteamericana opinan a veces sobre nuestras revoluciones –Petras es una excepción– Noam Chomsky y Michael Albert le han planteado a la dirigencia política del proceso bolivariano, a Chávez en particular, una serie de interrogantes –interrogantes que son de forma lateral y discreta una critica a las contradicciones del estatismo chavista– que hacen diana en la diferencia especifica entre una revolución desde arriba, desde la retórica y las abstracciones del Estado, de una revolución desde abajo, desde los contra-poderes populares, desde el ejercicio real de las libertades y los derechos individuales de las personas que luchan por la creación de una sociedad más prospera y más democrática que las sociedades capitalistas.

El anticapitalismo del gobierno bolivariano - parecen decir Albert y Chomsky y, por prudencia política, dicen lateralmente - para ser consecuente tiene que empezar por eliminar en los espacios institucionales y populares ganados por la revolución las desigualdades características del capitalismo.

Lo primero es la remuneración justa por el trabajo. Es el esfuerzo y el sacrificio –no la ganancia, el poder y cantidad que se produce– el criterio para determinar las diferencias salariales. Segundo, conferir a los trabajadores poderes de decisión en lo que producen, para acabar así con la división corporativa y de clase en los sitios de trabajo. Tercero, la asignación no competitiva de recursos. “La asignación de recursos determina cuanto se usa y cuánto se produce de cada producto y donde termina. Por una parte, la asignación de recursos es el producto de decisiones; otra parte es decidida por la comunicación, la información, y los modos de comportamiento”. La asignación de recursos, como los demás aspecto de una economía social revolucionaria, debe ser, tanto del lado de los trabajadores, como de los consumidores, participativa.

En síntesis, lo que Michael Albert y Chomsky dicen en sus interrogantes es que el sentido político de la democracia participativa bolivariana no puede reducirse al crecimiento electoralmente numérico de sus seguidores, de los militantes de su partido, de las curules en las elecciones parlamentarias y presidenciales.

El sentido político tiene que ser estructural. Es decir, su sentido está también en otra parte. En los movimientos sociales autónomos, en las cooperativas y los consejos comunales, en las milicias de obreros y campesinos con poder armado para defenderse contra los sicarios a sueldo de los terratenientes y los empresarios expropiados, en los medios alternativos de comunicación; en la auto-gestión de la economía de un contra-poder revolucionario que deconstruya, simultáneamente, la estructura de poder-riqueza del capitalismo y los intereses de poder-riqueza estatal que obstruyen los avances revolucionarios hacia una sociedad más solidaria, más plural, más equitativa, más tolerante, más libre, más democrática, más abierta, más prospera.

Ahora bien, pasando del terreno de la realidad - porque ese socialismo es una alternativa real, presente aquí y ahora en los espacios de poder conquistados por el proceso bolivariano - a la imaginación, imaginación que es parte esencial de toda lucha, representémonos el escenario y el momento en que la gente sale a la calle a defender los beneficios que personal y socialmente han recibido de esa revolución. Si ya defendieron, contra la histeria mediática y el cinismo colaboracionista de la oposición venezolana, su ideal político, de qué heroísmos no serán capaces cuando tengan que defender la realidad de su revolución.

Esa defensa de la revolución bolivariana, “que ya puede contarse ahora, porque la necesidad misma está aquí en acción”(Nietzsche), es el motivo por el cual me he visto en la necesidad de deslindar las razones de Estado de las razones de la revolución, de las necesidades reales de las personas reales que el gobierno debe proteger y defender con sus políticas.

Mas sin embargo, ese Estado, ese gobierno y su presidente y la partido-cracia que le rinde culto, han puesto en peligro, y no es esta la primera vez, la seguridad de la revolución. No hay otra manera de calificar los acuerdos de colaboración militar y policial del Estado venezolano en la guerra contra las drogas y el terrorismo. Guerras del imperialismo que nada tienen que ver con las guerras revolucionarias. Pero esa es sólo la polvareda del embarre político que representa la abierta y pública colaboración militar y policial del Estado venezolano con el Para-estado colombiano y el gobierno de Santos.

La partidocracia chavista se halla y se hallará en el dilema político de tener que decidir, sin los vaivenes propios de la razón y la pragmática de los intereses de Estado, entre la guerra revolucionaria o las guerras del imperio.

Llegado ese momento, mientras el chavismo make up its mind, mientras Chávez dispone de los recursos del Estado venezolano para la guerra contra las drogas y el terrorismo, el presidente Santos, con el respaldo incondicional de la oligarquía colombiana, actuará en absoluta consonancia con los intereses capitalistas del imperio. De eso, solamente Chávez y la partidocracia que lo rodea, parece tener dudas.


Pero a ese tablero de conflictos bélicos le falta una pieza más: las guerrillas colombianas.

Es cierto que a veces interviene un factor x, un imponderable que cambia de manera imprevista la trama de la historia. Sin embargo, a nadie en su sana pasión se le ocurriría dudar del rol de Santos en esos futuros enfrentamientos y al mismo tiempo imaginar a las FARC y al ELN luchando del lado del imperialismo contra la revolución venezolana. Cuando los ejércitos del para-estado de la oligarquía colombiana avancen sirviéndole de punta de lanza a la invasión de las tropas norteamericanas, sin las dudas, sin las vacilaciones ni los vaivenes que han caracterizado las actitudes de Chávez hacia los gobiernos del para-estado colombiano, las guerrillas colombianas de las FARC y el ELN, con la experiencia, los recursos y los conocimientos geo-militares de décadas de lucha contra ambas fuerzas, formarán un frente de resistencia táctica y estratégica sin el cual la seguridad de la revolución bolivariana estaría en serio peligro.

Si ese es el tablero de las fuerzas en conflicto, ¿Cómo, entonces, entender e interpretar el hecho de que el estado venezolano se dedique a capturar y entregar milicianos de las FARC y el ELN al Para-estado del gobierno de Santos?

II. La necesidad histórica de un estado socialista no hace menos infame sus males. Cuando el heredero tarado de uno de los fundadores de la novela moderna latinoamericana, repitiéndose del fuste de un periódico a otro periódico, dice que el Estado es un mal necesario, cree de ese aviso solamente lo que conviene a los intereses de sus amos y no en la causa de la soberanía material y moral del individuo que tantos desvelos costara a Thomas Paine. Si la libertad fuese en ellos, en el padre (Vargas Llosa), en el hijo (Alvarito), y en todos los santos espíritus del neoliberalismo, una causa con fundamento en la realidad, la glosa del emblema de Paine, seria la siguiente: ¿Para quiénes es necesario el Estado y para quién es un mal? La respuesta reside en la historia de la función jurídica y represiva del Estado. Cuando el Estado interviene por necesidad, en todas y cada una de las instancias de conflictos y luchas sociales, siempre y en todas partes, contingencia de las contingencias del mal, lo hace a favor de los explotadores y los opresores.

La captura y entrega de los guerrilleros del ELN y las FARC es una traición que tiene en la pragmática de la necesidad del Estado su origen. Pero esa es sólo la razón abstracta. En el terreno de los innúmeros intereses económicos que infraestructuran ambos gobiernos y ambas oligarquías, representadas por el para-estado de Santos y la partidocracia de Chávez, para nadie es un secreto el imperativo en miles de millones de dólares de relación comercial entre los empresarios de ambos países. El tema de la seguridad –la guerrilla para Colombia, la presencia militar de Washington en territorio colombiano para Venezuela, el narcotráfico en la guerra sin fin contra las drogas, que a vertientes iguales Santos y Chávez santifican - es la apariencia jurídico-moral de un problema que es en esencia político, tanto en el plano de las libertades individuales, como en el natural derecho que tienen los pueblos a defenderse contra el dominio por igual del Estado y el Capital.

Los peros a la guerrilla colombiana pueden ser muchos, pero ni de cerca los que de hacer memoria del pasado y el presente de los gobiernos post-Gaitán en Colombia podríamos hacerle al más criminal de los estados latinoamericanos, a la más sanguinaria y cínica de las oligarquías liberales.

III. La más pura sonríe al más feroz. En el amor como en la guerra de nada sirven las lamentaciones. De ilusos sería exigirle a la oligarquía colombiana y a su ejército que dejen de matar y celebrar como hienas cuando matan. La contundencia de los golpes recientes a la cúpula castrense de las FARC, evidencia, en la traición del Estado venezolano a las guerrillas, cómo los éxitos militares santifican las victorias políticas.

Con la incautación de cada cargamento de drogas, con la captura de cada narcotraficante, como ahora con las detención y entrega de los milicianos del ELN y de las FARC al paraestado colombiano, los burócratas del gobierno y la partidocracia chavista trabajan al servicio –no de la revolución y la democracia revolucionaria que los votó– sino de la inconstitucionalidad y el para-legalismo de los aparatos de inteligencia y represión global de Washington.

Con esas concesiones a la guerra moral contra las drogas y a la guerra política contra el terrorismo, las crisis de legitimidad de la revolución venezolana en vez de salvarse se agudizan a favor de la oposición reaccionaria, interna y externa.

IV. La guerra contra las drogas y el terrorismo es la de un imperio en decadencia. Esa guerra nada tiene que ver con la creación revolucionaria de un mundo más libre, más democrático, más igualitario, más próspero, más tolerante, más plural, más abierto.

Lo contrario a todo lo que representan las cruzadas morales y políticas del imperio es el rumbo correcto.

La guerra contra las drogas y el terrorismo confiere poder de excepción a los estados del imperio y ese estatus de excepción consiste, primero, en poner los gobiernos nacionales al servicio del estado imperial; segundo, en la creación de un sistema judicial paralelo que irreconoce los derechos y las libertades individuales, la constitucionalidad democrática, además de criminalizar cualquier forma organizada de lucha y resistencia contra su dominación política y económica.

Es a ese ajuste político-estructural –la otra cara de los ajustes estructurales en el orden económico– que los liberales llaman limitar y minimizar la función del Estado. Claro, limitar y minimizar sus funciones sociales a favor de la excepcionalidad policial del imperio y las prerrogativas de explotación sin límites de las corporaciones capitalistas.

No obstante, algo de verdad hay en la crítica del liberalismo al estatismo inmanente a cualquier Estado. Demos a esa verdad una vuelta más de tuerca para deconstruirla. Sí, minimicemos y limitemos las funciones del Estado para impedir que entregue nuestros aliados (los guerrilleros colombianos) a nuestros enemigos (la oligarquía y el para-ejercito del gobierno de Santos); pero, sobre todo, limitemos las funciones del Estado para impedirle que vulnere la soberanía nacional, el derecho y las libertades individuales, poniéndose al servio de ese absurdo y esa farsa que es la guerra contra las drogas y el terrorismo.

V. Ya más de una vez, golpe tras golpe, ha quedado demostrado que el poder de la revolución bolivariana no está en Miraflores, ni en el protagonismo contradictorio de Chávez; está en los cerros, en los desheredados, en los explotados y oprimidos de la cuarta república, en las organizaciones populares, en las cooperativas, en los consejos comunales, en las motos de los círculos bolivarianos, en los partidos de la izquierda libertaria y criticona del realismo oportunista de la izquierda estatista y arrepentida, en los medios alternativos de comunicación, en los que se tiran a la calle, al decir de un personaje en una novela de Carpentier.

… En conclusión esto es lo que pienso y ofrezco a la reflexión de los revolucionarios que en Venezuela, pese a los retrocesos y los obstáculos y los desengaños, todavía creen que en un mundo socialmente más justo, más libre, más igualitario.

El actual contexto no podía ser más dramático. El presidente del gobierno del Para-estado colombiano ha dado pruebas de tener bien claro que sólo hay dos guerras: las guerras revolucionarias y las guerras imperialistas. En contraste, Chávez, el presidente del Estado venezolano, ha dado muestra, con la captura y la entrega de los guerrilleros del ELN y las FARC al más mercenario de los estados del imperio, de no estar en condiciones de seguir comandando la política del proceso revolucionario de su país.

Más temprano que tarde, en medio del fuego cruzado de los conflictos de clase que in- vertebran la sociedad venezolana, será menester elegir entre el poder corrompido de la partidocracia chavista y el poder constituyente de la revolución popular bolivariana.

*Verso de un poema de César Vallejo

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